La satisfacción del deber cumplido.

Como seres humanos, tenemos poder para cambiar e influir sobre muchas cosas. Pero vivimos en sociedad, y no siempre depende todo de nosotros. Por eso, muchas veces hemos de afrontar fracasos, decepciones, y objetivos que no se cumplen.

¿En qué manera nos puede afectar eso? Lograr metas es lo que ilusiona al ser humano. ¿Qué sería de nosotros sin ellas? Pero tampoco hay que obsesionarse. Porque a veces nos planteamos cosas que son imposibles, o que en ese momento no sabíamos cuál era el precio que teníamos que pagar.

Yo creo que la clave es hacerse uno mismo esta pregunta: “¿He hecho todo lo posible para lograr ese objetivo? ¿He agotado todas las opciones, he meditado, he pensado a fondo qué es lo que había que hacer?”. Porque, en ese caso, no hemos de avergonzarnos en absoluto. No se puede comparar el caso de una persona que no hace nada con el de otra que pone el corazón, y la cabeza, para lograrlo.

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Tal vez no haya logrado ese objetivo concreto, pero seguramente habrá cosechado logros diferentes a lo que esperaba. Y, en todo caso, el hecho de ponerse en marcha, de hacer el recorrido, de poner en juego todas nuestras energías, hace que nos sintamos vivos. Nadie nos podrá quitar la satisfacción del deber cumplido.

 

No dejes que te juzguen

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Es frecuente que, a lo largo de nuestra vida, nos encontremos con personas que intentan juzgarnos de acuerdo a sus criterios. Aunque no comprendan nuestros puntos de vista, o nuestras motivaciones, apenas tardarán un momento en “dictar sentencia”.

mazoJuzgar a los demás de antemano es un hecho muy normal. Lo hacemos de forma inconsciente, y no tiene por qué ser nada extraño ni negativo. El problema viene cuándo algunas de estas personas van más allá del hecho de formarse una opinión, y convierten sus juicios de valor en normas de conducta. Normas que, por desgracia, no sólo se imponen a ellos mismos, sino que también pretenden imponer a las personas que viven bajo su influencia. Cómo si los seres humanos no fuéramos personas libres e iguales que sólo están obligadas a cumplir el ordenamiento jurídico, y no la voluntad de otra persona.

Esto supone un problema cuándo hay personas que tienen la autoestima baja. Estar sometida a la presión de los juicios de valor de alguien despótico puede hacer que nuestra autoestima baje mucho. Por varias razones. Porque a esas personas débiles se les priva de su libertad de actuar, de elegir. Porque se les obliga a enfrentar una imagen de sí mismos que es falsa, y que muchas veces los deja por debajo de lo que realmente valen. Pero, sobre todo, porque nos niegan la posibilidad de desarrollar nuestro potencial. Es frecuente que esas personas despóticas no vean lo que hay por debajo de nuestra apariencia. Y siempre que puedan, nos desanimarán, nos dirán “tú para esto no vales”, “tu calla, que de esto no entiendes”. Etc.

Así que, en la medida de lo posible, no dejemos que nos juzguen. Y si no es posible librarse de esa nefasta influencia, no dejemos que los juicios que hagan sobre nosotros nos afecten. No dejan de ser opiniones, y lo que cuenta en realidad son los hechos. Olvidemos esos juicios de valor negativos y centrémonos en lo que importa: el recuerdo de nuestros logros del pasado, y el convencimiento que hemos de tener sobre el gran potencial que existe en cada uno de nosotros. Potencial que, digan lo que digan algunos, seremos lo bastante valientes para desarrollar y sacarlo adelante.

Ladrones de sueños

Estoy seguro que alguna vez, en alguna ocasión, habrás oído la expresión “ladrones de sueños”. Es muy utilizada. Con ella nos referimos a aquellas personas que no nos dejan comenzar un proyecto nuevo. Bien porque tienen poder para impedírnoslo, o bien porque – y eso es aún peor- tienen poder para desanimarnos y quitárnoslo de la cabeza.

ladrones de sueños

En primer lugar, hay que decir que, para cumplir nuestros sueños, hemos de asumir un riesgo. En muchas ocasiones es así. Para cumplir nuestras ilusiones hemos de salir de eso que se llama “la zona de confort”; un espacio dentro del cuál no vamos a sufrir. Pero ¿qué hacer si queremos montar un negocio y eso supone pedir un préstamo? ¿O emigrar a otro país para buscarse la vida? ¿O cambiar de pareja?  Lo que sea. Es algo que cambia nuestros esquemas, algo que seguramente nos ilusiona pero que, al mismo tiempo, nos pone en la cuerda floja. Aún así, es necesario, porque todos los grandes logros siempre están detrás de un obstáculo que hemos de superar.

Y entonces es cuándo llegan nuestros “protectores”. Son personas de nuestro entorno, que tienen una gran influencia sobre nosotros. Ya sea porque tienen poder para impedirnos hacer lo que queramos (un padre, un marido dominante). O bien son personas que, tal vez, no nos lo puedan impedir físicamente. Pero la influencia de su opinión es tan grande sobre nosotros que no nos atrevemos a dar un paso sin contar con su aprobación.

Estas personas, entonces, te impedirán comenzar el camino que te lleve a realizar tu sueño. Muchas veces no es por mala intención, sino todo lo contrario. Te quieren proteger, no quieren que sufras. Pero no tienen ninguna Fe en tu capacidad para superar los obstáculos. Creen que te estrellarás, que no podrás vencerlos. Que no vales. Y por ese motivo te cortarán las alas. “Tú no vales para esto”, te dirán. “No te metas en camisa de once varas. No te pongas unos zapatos que te vendrán grandes”.

Lo que hay que entender, precisamente, es que las personas que logran las cosas realmente valiosas en la vida tropiezan muchas veces antes de alcanzarlas. El fracaso es la escuela del éxito. Pero, en realidad, el verdadero fracaso es no comenzar. ¿Cómo vamos a lograr nada si ni siquiera tomamos la salida? Así jamás ganaremos ninguna carrera.

Y, además, es muy nocivo dejar que otros, por mucho que nos quieran , tomen las decisiones por nosotros. Perdemos nuestro poder. Piensa que ese es el gran poder que tienen los seres humanos: el poder de elegir. Un poder tan grande, según Og Mandino, que ni siquiera lo tienen los ángeles; ellos sólo pueden hacer el bien, nosotros podemos elegir entre el bien y el mal. Tenemos incluso el poder de equivocarnos. Y, en todo caso, nadie nos conoce mejor que nosotros mismos; sólo sabemos qué decisiones, en lo más íntimo de nuestro ser, son las correctas. ¿Vamos a dar ese gran poder a alguien que no nos conoce, o que no nos valora? Y, además ¿qué haremos cuando esa persona ya no esté? Cuando muera, o nos abandone.

Si te roban tu poder de elección, te roban tus ilusiones. No le des esa oportunidad a los ladrones de sueños.

Ladrones de tiempo… y de ilusiones

Una de las cosas más valiosas de las que disponemos es el tiempo. A veces, y según las circunstancias, el tiempo es más valioso que el dinero. Seguro que un millonario que estuviera en fase terminal estaría dispuesto a dar toda su fortuna por unos días más de vida.

ladrones de tiempoLas personas que tienen un alto concepto de autoestima son generosas, y están dispuestas a dar, si la causa es noble; pero también valoran mucho lo que tienen. Como el tiempo. Por tanto, hemos de ser nosotros los que decidamos que hacer con ese tiempo. Por supuesto, es bueno ser generoso, y dedicar horas y atención a las personas queridas. Pero hemos de estar en guardia contra esos personajes que, siempre que pueden, abusan de nuestra buena fe y nos roban nuestro tiempo.

Estas personas acostumbran a estar pidiendo “favores”, que luego en realidad no tienen importancia para ellos. Pero a ti ya te supone un compromiso, y una molestia. El tiempo de los demás es muy valioso, y no es justo que haya gente que concierte citas a las que no va, o te haga estar pendiente por nada. No hay nada que me desagrada más que una persona que cierra una cita “de seis a nueve”. Es una forma de despreciar el tiempo del otro. Las citas han de ser concretas en el tiempo, y dejando un margen por si a esa persona le ha pasado algo y se retrasa. Si le robas a alguien una tarde, le estás robando los proyectos e ilusiones que podía desarrollar en ese tiempo. Mi consejo es que no le robes el tiempo a nadie si no es para algo importante.

Claro que, muchas veces, los culpables de que nos roben el tiempo somos nosotros mismos. Porque no lo valoramos. No se trata sólo de agendarse lo que vamos a hacer a lo largo del día -incluso esas tareas que nos pueden parecer fútiles, como “pensar” o “reflexionar”… y no lo son en absoluto-. También hemos de ser conscientes del valor de nuestro tiempo. Y hemos de defenderlo. Hemos de saber usar la palabra “no”. Una persona que dice “no” no tiene porqué ser alguien antipático; es una persona que valora en mucho su tiempo, que tiene la autoestima alta y por eso le da valor a las horas de su vida. Y no tiene por qué desperdiciarlas.

Hay un dicho: “no dejes que tu lengua cargue tus espaldas”. De modo que si alguien te pide ir a una cita, y sabes que no podrás ir, no le digas que sí. Porque si luego no apareces quedarás mal. Es mucho mejor, y más elegante, decir algo como: “me encantaría ir, pero tengo un compromiso y no me es posible. Si ese compromiso se anula y descubro que tengo ese rato libre, te llamaré para decir que sí”.

Seamos generosos, pero no dejemos que nadie establezca nuestro tempo personal. No nos dejemos encadenar por compromisos que no queremos cumplir. Hay gente que abusa de los demás, y una de las primeras cosas que hace es abusar del tiempo de otros, gratuitamente y porque sí. Demos valor a nuestro tiempo y nos daremos valor a nosotros mismos.

Como este post se ha hecho un poco largo, no me queda tiempo para hablar de los ladrones de ilusiones. pero os prometo que en la siguiente entrada trataré este tema. Un saludo y hasta la próxima.

Caracoles humanos

Hace mucho tiempo, al leer un libro, me tropecé con un párrafo que hablaba de los “caracoles humanos”. No recuerdo exactamente en qué sentido utilizaba esas palabras, pero creo recordar que se refería a esas personas rutinarias, sin ilusiones ni esperanzas, que pasan por la vida en vez de disfrutarla.

CARACOLESLa verdad es que es una expresión poética, evocadora, con mucha fuerza. La imagen de un caracol me recuerda a la de aquellas personas que llevan a cuesta la concha de sus sufrimientos, arrastrándola, en vez de deshacerse de ella. Por supuesto, eso les hace sufrir, ya que cargan con un peso enorme de amarguras y recuerdos.

El pasado es el que es, y no podemos cambiarlo. Pero eso no significa que tengamos que arrastrarlo con nosotros. Es cierto que no todos han tenido las mismas experiencias. Pero, como no podemos cambiar el pasado, no tiene sentido preocuparse por lo que no se puede cambiar. Es como si nos angustiáramos por no poder cambiar el color de la Luna. Lo mejor que podemos hacer con el pasado es sacar de él el máximo posible de enseñanzas, y una vez hecho esto, asimilarlo. Y, si es muy doloroso, olvidarlo.

Si no, acabaremos como esas personas “que viven ochenta años y sufren ochenta años”, tal como una vez oí decir. Lo más probable es que esa preocupación excesiva por el pasado sea porque no sepamos que hacer con el presente. Un proyecto, un objetivo, algo que nos ilusione nos puede mantener ocupados y distraer nuestra mente de los sufrimientos del ayer.

Y no olvides el famoso dicho: el pasado no existe, el futuro aún no ha llegado, el presente es un regalo. Por eso, cuando a alguien le hacemos un regalo, le decimos: “te hago un presente”.

Temor al fracaso

Todas las personas en este mundo, en algún momento de sus vidas, han conocido el fracaso. Y tal vez te sorprenda saber que, casi siempre, los que más veces han triunfado han sido los que más fracasos han cosechado.

temor al fracaso

¿Por qué? Porque ambas cosas están relacionadas. Aquel que no ha fracasado nunca, es aquel que nunca ha intentado nada. Es más: el fracaso es la universidad del éxito, y muchas veces no podemos alcanzar el triunfo sin haber pasado previamente por la derrota.

¿Por qué motivo estoy explicando esto? Porque uno de los golpes más duros para la autoestima es el fracaso, sobre todo en aquellos proyectos que nos ilusionaban o sobre los que teníamos grandes esperanzas. Es normal que nos sintamos deshechos, sobre todo si además recibimos críticas; y si esas críticas vienen de personas muy queridas o con gran influencia sobre nosotros, peor aún. Porque el temor al fracaso, muchas veces, es en realidad el temor al rechazo. Nos preocupa más qué dirán los demás que el hecho de que fracase nuestro proyecto; lo cuál es una manera muy absurda de ceder nuestro poder y ponerlo en manos de los demás. No has de perder la visión general en ningún momento. Porque lo que importa de veras es tu reacción. La forma en que seas capaz de afrontar lo que ha sucedido.

No dejes que el fracaso te haga dudar de tus capacidades. Es más: el fracaso trae consigo una lección, y hemos de ser capaces de aprovecharla. Si somos inteligentes, nos daremos cuenta de que la experiencia nos ha endurecido por dentro, a pesar del dolor que sentimos. Con cada derrota se acrecienta nuestra resistencia, nuestra fuerza, nuestra capacidad de sufrimiento. Abandonemos el temor al fracaso. El auténtico fracaso es que abandones y no te pongas en pie después de resbalar.

Nunca te avergüences de emprender algo aunque fracases. Tampoco caigas en la autocompasión, porque, si lo analizas con frialdad, descubrirás que hay algo que no has hecho, o que has hecho mal, que ha provocado ese desastre. Por tanto, es culpa tuya. Lo cual es una gran noticia, porque demuestra que la solución está en tu mano.

Así que no te desanimes. Vales mucho. Tienes talento. Descubre cuál es. Recuerda que los obstáculos son en realidad oportunidades para llegar al éxito, y de todos modos no hay ningún éxito al que podamos llegar sin saltar antes sobre un obstáculo. Y cada obstáculo superado nos hace más listos.

“El fracaso no me sobrecogerá nunca si mi determinación para alcanzar el éxito es lo suficientemente poderosa” (Og Mandino)

Libérate del temor al fracaso.

El entorno y su influencia en nuestra autoestima

La influencia del entorno en nuestra autoestima es evidente. Sobre todo, si dejamos que sean los que nos rodean quienes determinen cuál es la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Somos seres sociales. Por tanto, siempre buscamos la aprobación de los demás a nuestra conducta, sea de forma inconsciente o no. Si nos rodeamos, por ejemplo, de personas cuya meta es la excelencia, y que siempre están luchando por superarse, tenderemos a hacer lo mismo que ellos. Siempre nos esforzaremos por mejorar. En cambio, en un entorno de personas viciosas, o apáticas, nos sucederá justamente lo contrario: nos iremos degradando lentamente, porque los que nos rodean no paran de empujarnos hacia abajo.

cerveza

Estar en un ambiente en que cada vez nos degradamos más, a la larga, acabará por hundir nuestra autoestima. Porque ¿qué logros, que mejoras vamos a lograr en un ambiente de parálisis y apatía? Si estamos con un grupo que solo se reúne para beber cervezas, acabaremos haciendo lo mismo. El ambiente determina nuestra actitud, si dejamos que nos influya.

Ahora bien, hemos de darnos cuenta de que nosotros formamos parte de ese entorno. Y seguramente nuestra influencia en él será mayor de lo que podamos pensar. Tanto por lo que hacemos por lo que no hacemos. Procuremos, en la medida de lo posible, ser positivos y beneficiosos para nuestro entorno. Una palabra amable, una sonrisa, un detalle, nos pueden facilitar mucho la vida. Y si conseguimos que nuestro entorno mejore, eso nos hará sentir bien y elevar nuestra autoestima.

Por último, dejar bien claro que la influencia del entorno sobre nosotros es enorme, tanto que a veces no nos damos cuenta. Es en muchos casos una influencia lenta, y nos aparta de nuestros objetivos, no con un fuerte empujón, sino con una serie de insignificantes codazos que, poco a poco, van torciendo nuestro camino. Y no olvides el factor tiempo: hay gente que pasa mucho más tiempo en el trabajo que en su casa ¿crees que eso no les va a influir?

Un saludo y hasta pronto.